miércoles, 4 de enero de 2012

Bip bip bip bipolar.

Y oscila mi ánimo como un vaivén paso de ser un huracán a un maestro zen. A veces un volcán con el poder de Superman y después ya ven, soy Clark KentVeo el futuro y me creo el rey del imperio hasta que leo qué dice mi tumba en el cementerio. En serio, si doy corriente como la anguila expira mi pila y me quedo sin un amperio.
Puedo estar en la cima sin nada encima y bien encumbrada mi estimada autoestima, para en picada caer de esa tarima y explotar como la bomba que borró del mapa a Hiroshima.
Y empeoro como el clima, cambio abrigo por blusa y agarro la bajada acelerada en la montaña rusa. Puedo ser perfecta sin excusas o lo opuesto a la recto como la hipotenusa.
Así que de mi no te fíes, tengo más tabúes que hindúes y paquistaníes. Miento, si parezco amable y cortés, soy intocable como Eliot Ness. 
Hay días que estoy al revés y voy con desconsuelo al infierno en ascensor en vez de una escalera al cielo.
No me salva Robert Plant ni la suerte de Bugs Bunny, me visto como Kant y pienso como Armani. 
Pero mis defectos no me acomplejan y el efecto de las penas son dagas que me aquejan. Las veo como marcas en forma vaga y más que cicatrices después me parecen llagas.
En ocasiones contesto lo que siento pero de esos sentimientos en seguida me arrepiento. Y entonces es cuando mis respuestas se apilan y flotan en el viento como las de Dylan. 
Mis días desfilan y me fusilan el alma, días de calma y otras que quiero un arma.
Bajo y subo, freno y sigo, me levanto. Subo y bajo, sigo y freno y me hundo. Bip, bip, bip, bipolar.


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